Main content

Estación ocho: Hiratsuka, ferry en el río Banyû y vista del monte Ōyama, 1855

Utawa Hiroshige (1797-1858)

Utawa Hiroshige (autor) y Tsutaya Kichizo (editor)
De la serie Vistas famosas de las cincuenta y tres estaciones 
Xilografía en color sobre papel japonés 
26 x 38 cm 
Colección Bujalance 
© Foto: Fernando Ramajo 

Leer Transcripción

La estampa japonesa fue una de las influencias de peso que cambiarían el curso del arte europeo a finales del siglo XIX. Su circulación por círculos artísticos fue determinante para los pintores fauvistas como el primer Matisse. Pero, ¿cómo hicieron su camino estas imágenes? 

 

Empezó en 1868, ese año terminaron dos siglos de aislamiento cultural de Japón: por fin sus puertos se abrían al comercio internacional. De esta manera, Europa conocía por primera vez muchas de sus manufacturas; entre ellas, estampas japonesas como las que podemos contemplar aquí. Estas escenas de palacio o de la vida común despertaron el interés de los jóvenes artistas europeos que buscaban nuevas formas de expresión, insatisfechos por las reglas que imponía la tradición académica de las escuelas de Bellas Artes. 

 

Las estampas japonesas mostraban motivos similares a los del arte europeo: escenas urbanas o paisajes del entorno de las ciudades, pero también un erotismo sofisticado y atrevido. Sin embargo, su forma de representación era diferente: llamaba la atención por la perspectiva, de apariencia «aplanada» o un sentido de la gravedad inaudito para la tradición renacentista europea. El trazo y el uso de la línea para delimitar las figuras o las combinaciones cromáticas daban pistas apasionantes para atreverse a experimentar con la pintura.  

 

La influencia del uso del color en la estampa japonesa se hizo notar en los pintores fauvistas. Entre ellos, exhibimos aquí una obra temprana de Matisse que permite comprobar ese uso expresivo del color. El propio artista hablaba de su importancia con estas palabras:  

 

La tendencia dominante del color debe consistir en servir lo mejor posible a la expresión. Pinto mis tonos sin prejuicio alguno. Si a primera vista y posiblemente sin tener conciencia de ello, un tono me ha seducido o detiene, constataré, por lo general, que una vez terminado el cuadro he respetado ese tono mientras que he modificado y transformado progresivamente todos los restantes. El lado expresivo de los colores se me impone de manera puramente instintiva.