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Composición en rojo, negro, amarillo, azul y gris, 1921

Piet Mondrian (1872-1944)

Óleo sobre lienzo, 80 x 50 cm
Collection Kunstmuseum Den Haag, La Haya, Países Bajos
© Kunstmuseum Den Haag
© 2020 Mondrian/Holtzman Trust

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En 1919, Walter Gropius fundó en Weimar una escuela de arquitectura, arte, diseño y artesanía: la Bauhaus. La Primera Guerra Mundial había sido campo de pruebas para las innovaciones tecnológicas de principios del siglo XX. Pero su finalización significó, ante todo, el fomento de la industria como herramienta de reconstrucción social. La producción industrial estaba, por tanto, en auge en esos años, no sólo a nivel práctico sino como símbolo de esperanza. Esta escuela recogió su importancia y aplicó a la creación artística los conceptos de la producción industrial, evitando además distinguir o establecer jerarquías entre disciplinas. En palabras de Gropius:

 

La Bauhaus se propone reunir en una unidad todas las formas de creación artística, reunificar en una nueva arquitectura, como partes indivisibles, todas las disciplinas de la práctica artística: escultura, pintura, artes aplicadas y artesanado. El fin último, aunque remoto de la Bauhaus es la obra de arte unitaria –la gran arquitectura-, en la que no existe una línea de demarcación entre el arte monumental y el arte decorativo.

 

Tal como indica el diagrama de Barr, la Bauhaus bebió de las fuentes del Constructivismo y el Suprematismo. Pero también heredó influencias del Neoplasticismo, que pretendía la integración total de las artes, con una vocación universal y no individual. En busca de esta universalidad, el camino más apropiado parecía la belleza abstracta. Con estas palabras lo explicaba uno de sus principales representantes, Piet Mondrian:

 

El verdadero artista moderno percibe “conscientemente” la abstracción de la emoción de belleza: “conscientemente” reconoce emociones estéticas como cósmicas, universales. Este reconocimiento consciente da como resultado una creación abstracta, le dirige hacia lo puramente universal.