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Pablo Picasso (1881-1973)

Paulo vestido de Arlequín

París, 1924

Óleo sobre lienzo, 130 x 97,5 cm

Musée national Picasso-Paris. Dación Pablo Picasso, 1979.

© RMN-Grand Palais (Musée national Picasso-Paris)/Adrien Didierjean

© Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2019

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Con el nacimiento de Paulo, en febrero de 1921, Picasso retomó asuntos que habían sido relevantes en sus denominados periodos azul y rosa de principio de siglo: la maternidad y la familia, así como representaciones de niños. Aquí, retrata a su hijo con un elegante disfraz que recuerda los atuendos abigarrados de los saltimbanquis italianos que pintó en 1905 y 1906. El personaje de Arlequín es uno de los protagonistas de la Commedia dell’arte, universo que el pintor volvió a incluir en su repertorio iconográfico a partir de las colaboraciones con el teatro y el ballet surgidas de los encargos recibidos durante varios años de Serguéi Diághilev.

 

En un fondo sobrio, desprovisto de ornamento y decorado, construye la figura del hijo del pintor clavando con dulzura la mirada en el espectador. La forma de resolver la linea es detallista y meticulosa. La postura del niño, apoyado contra el sillón en el que también pintó a Olga, en equilibrio precario, refuerza la idea de la fragilidad propia del joven modelo. El juego entre boceto y pintura concluida pone en valor y en diálogo formal el motivo de rombos de la vestimenta con el rostro del niño, cuya delicadeza y colores empolvados evocan la ternura de los retratos de Francisco de Goya. Aquí, en efecto, es tanto un padre que pinta a su hijo como un pintor que cita la historia del arte: para reforzar el encuadre del rostro, centro de la composición, Picasso lo adorna de una enorme gorguera tratada con gran finura, llena de sugerencia y transparencia. Este accesorio, por contraste, acentúa el detalle de los trazos del rostro y evoca los retratos de niños pintados por el estudio de Diego Velázquez en el Siglo de Oro.