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Pablo Picasso (1881-1973)

Figuras a orilla del mar

12 enero 1931

Óleo sobre lienzo, 130 x 195 cm

Musée national Picasso-Paris. Dación Pablo Picasso, 1979

© RMN-Grand Palais (Musée national Picasso-Paris)/Mathieu Rabeau

 © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2019

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En agosto de 1928 y 1929, Pablo Picasso volvió a pasar el verano en Dinard con Olga, Paulo y Marie-Thérèse, que se alojó, en secreto, en una pensión para jovencitas. El tema de la bañista no era nuevo en Picasso, quien, totalmente consciente de su importancia en la historia del arte, lo había estudiado y admirado, sobre todo, en Paul Cézanne o Auguste Renoir, artistas ambos que figuraban en su colección personal. El tema jalona toda la creación picassiana, desde las primeras composiciones cubistas hasta las obras de inspiración clásica de comienzos de los años veinte. Las bañistas de finales de los años veinte y principios de los treinta que se muestran en esta sala son modernas en tanto que reflejan la aparición de una nueva sociedad que descubre los placeres de bañarse en el mar y jugar en la playa.

 

En 1928, hechas de palitos de color ocre y formas de tosca geometría, las bañistas son a la vez rígidas, ligeras y singularmente lisas. Concentradas en su juego hasta el punto de correr el riesgo de desmembrarse para atrapar la pelota, tienen cabecitas de alfiler, sin boca, pero provistas de ojos y nariz, hechos con tres puntos negros.

 

Este estilo de falsa apariencia infantil no caracteriza a todas las bañistas. La evolución del tema va, en efecto, en el sentido de una dimensión escultural cada vez mayor, junto a una agresividad creciente. Así, las bañistas se ven progresivamente desmembradas en volúmenes autónomos que representan las distintas partes de su cuerpo, un proceso que reactiva a la vez el vocabulario de Cézanne y la descomposición cubista del objeto y las vincula, a través de su violencia, a los experimentos de cuerpos en pedazos característicos del universo surrealista.