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La máscara, el pintor y el actor

En general, la máscara es un atributo de la escena, ya sea ritual o teatral. Estos dos usos se fundieron en la Antigua Grecia originando un novedoso modo de teatro que es, a la vez, la ceremonia que se repite y suele estar referida a un mito, y espectáculo colectivo en el que se experimenta una ficción. Esta doble característica otorga al actor, al oficiante con el recurso de la máscara, el poder de aparecer desapareciendo. Es decir, un papel mítico, dotado de trascendencia a la vez que una fuerza humana especial al tener la posibilidad de observar las emociones que provoca en otros sin por ello entregar nada propio. La máscara cómica tiene la misma forma de estilización facial que la máscara trágica, pero invertida. Las líneas expresivas “cambian de dirección, bajan oblicuamente y se retuercen en una mueca violenta, amortiguando, inscribiendo en la cara un estallido de risa explosiva que desmorona el universo sabiamente construido de legistas y filósofos”, explica Georges Bureau en su libro Las máscaras publicado en 1948.

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El estudio de la ingente obra del Picasso retratista hace evidente que el potencial visual de la máscara como filtro, pantalla o muro, sedujo desde muy pronto al joven Pablo Picasso que gustaba de las chanzas circenses o que observaba con gran atención la faz grotesca de la pobreza en las calles de Barcelona o París. El descubrimiento del arte africano causó un efecto profundo e imborrable en su pintura ya que formalmente la influyó para siempre. Sin embargo, Picasso, el coleccionista de estatuaria africana, que en 1907 pintó Les Demoiselles d’Avignon (The Museum of Modern Art, Nueva York) provocando un cataclismo en el orden estético de su tiempo, se mantuvo relativamente insensible a la dimensión sobrenatural de estos artefactos. Así se lo contaba a André Malraux: “ Las máscaras no se parecían en nada a las demás esculturas. En absoluto. Eran objetos mágicos. (…) Las piezas de los negros eran intercesseurs, mediadores. (…) Estaban en contra de todo; contra los espíritus desconocidos y amenazantes. Yo siempre observaba los fetiches, y lo comprendí: yo también estoy en contra de todo. Yo también creo que todo es desconocido, ¡que todo es un enemigo! ¡Todo! (…) Comprendí para qué usaban los negros sus esculturas. ¿Por qué esculpían así, y no de otra forma (…) Pero todos los fetiches se usaban con el mismo propósito. Eran armas para evitar que la gente cayese de nuevo bajo la influencia de espíritus, para ayudarlos a volverse independientes. Son instrumentos. Si damos una forma a los espíritus, nos hacemos independientes. Los espíritus, el inconsciente (…), la emoción: todo es lo mismo. Comprendí por qué era pintor”. (André Malraux. Picasso’s Mask. Londres : Macdonald and Jane’s Publishers, 1976, pp. 10-11)