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Conversaciones con Picasso

Brassaï (1899 - 1984)

Pablo Picasso, en el estudio de Rue La Boétie, frente al retrato de Yadwigha de Henri Rousseau, París, 1932
Gelatina de plata, 28,1 x 21,8 cm 
Estate Brassaï Succession, Paris
© Estate Brassaï Succession-Philippe Ribeyrolles

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Picasso vestía un traje gris de chaqueta cruzada bastante raído, los bolsillos deformados, las solapas llenas de manchas, con un jersey azul bajo una chaqueta. El cuello de la camisa se combaba, se enrollaba como un pétalo. Pero yo no podía ocuparme de estos detalles indumentarios, fascinado como estaba por sus ojos clavados en mí. “Diamantes negros”, “ojos como brasas”, “ojos de azabache”… Contrariamente a lo que se dice, a lo que se cree, me di cuenta entonces de que no eran ni anormalmente grandes ni anormalmente oscuros. Si parecen enormes es porque tienen la curiosa facultad de abrirse mucho, descubriendo la blanca esclerótica –a veces incluso por debajo del iris-, en la que la luz puede reflejarse y producir destellos. El ensanchamiento de los párpados es lo que produce su mirada fija, loca, alucinada… Eso hace también que en las pupilas muy dilatadas, el iris, castaño oscuro normalmente, parezca tan negro. Son ojos hechos para un perpetuo asombro. […]

He hecho después otros muchos retratos de Picasso, pero mi favorito es este primero y único retrato de 1932. Picasso surge como un monolito con toda la fuerza remansada, condensada, de su edad viril. Se centra todo en la flamígera fijeza de su mirada que taladra, subyuga, devora…