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1945-1949 Rostros de guerra y paz

Es palpable el terror ante la inminente guerra en los desnudos de Picasso de finales de los años treinta. Permanece en el París ocupado y continúa trabajando, pero un velo gris de desesperación se cierne sobre sus pinturas. A su vez, sus pequeñas esculturas de cabezas se asemejan a guijarros tallados que, a pesar de su tamaño, transmiten con fuerza la angustia de la época. Sin embargo, en obras como la que aquí nos ocupa, se puede comprobar cuán robusta es la fortaleza del artista que no deja de articular en el poliédrico repertorio de sus representaciones, ya sean carnet de notas, bocetos, dibujos, grabados o pinturas su profunda estima por la vida. 

“Al día siguiente dijo:

– ‘Mejor será que poses para mí desnuda’.

Cuando me quité todas mis ropas me colocó cerca de la entrada del estudio, muy erguida y con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo. Excepto el rayo de luz diurna que se filtraba por las altas ventanas, a mi derecha, todo el estudio estaba bañado por una claridad uniforme y mortecina, casi al borde de las sombras. Pablo permaneció en pie, a tres o cuatro yardas de distancia, tenso y ausente, sin tocar el lápiz o el papel. Sus ojos no me abandonaron un solo segundo; me pareció que había transcurrido mucho tiempo.

Finalmente dijo:

– Ahora veo lo que necesito hacer. Puedes vestirte ya. Y no tendrás que posar más”.

[Picasso en conversación con Françoise Gilot, 1964]


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Este estilizado retrato de Françoise Gilot (nacida en 1921) difiere notablemente de los tratamientos abstractos de las modelos de Picasso en otras épocas. Aunque entre elementos primarios de la pintura se encuentran círculos y triángulos rectos e isósceles, la imagen total no es abstracta. El cuidadoso ajuste de dos triángulos hace que casi todos ellos aparezcan íntegros, y la impresión de continuidad que así logra crea un efecto de armonía natural. La belleza de la figura se manifiesta en la claridad de esas formas definidas.

Françoise escribiría que, cuando le comentó a Picasso que también Henri Matisse quería retratarla, él respondió: “Matisse no es el único capaz de pintarte con el pelo verde”. A partir de ese momento, “el pelo tomó forma de hoja, y una vez que (Picasso) hizo eso el retrato se resolvió en esquema floral simbólico. Con el mismo ritmo curvo trabajó los senos” (Gilot y Lake 1964, p. 117).

Simple como la propia naturaleza, Françoise se aparece como la corola de una flor con una cabellera de hojas. Sencilla y, sin embargo, regia, se nos muestra sentada con el orgullo de una leona y la majestad de una estatua del Antiguo Egipto. Las líneas rectas de sus abultados y toscos brazos triangulares parecen esculpidas en el lienzo. Las manos triangulares evocan las imponentes garras de piedra de una esfinge. El tratamiento recuerda las manos de una serie de retratos de Dora Maar (Z.XI.340, 343,346,347) de octubre y noviembre de 1941.

Los colores complementarios —el azul violeta del fondo y el amarillo anaranjado de la figura— se robustecen mutuamente, y su yuxtaposición acentúa la dura definición ya impuesta por la composición geométrica del cuerpo de la mujer. A diferencia de la aplicación espesa de pigmento en las mejillas y la frente, y en el respaldo de la silla que enmarca la cabeza, esas pinceladas ligeras dejan partes del lienzo al descubierto.

Aunque sus rasgos se descubren en obras anteriores, hechas durante la ocupación alemana, la presencia de Françoise en la producción de Picasso no se consolida hasta abril de 1946, y en general se asocia a la época de Vallauris, 1947 y 1954.

Fuente: Texto de Robert McDonald Parker “Mujer en un sillón (Françoise Gillot). En Catálogo Colección Museo Picasso Málaga, 2003, p. 127