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1948-1960 Regreso al mediterráneo

A diferencia de los pintores conocidos como “orientalistas” que buscaban un supuesto escenario exótico, Picasso nace en el lado sur de Europa, donde la colonia y la luz son y pertenecen por derecho y por generaciones a sus moradores y cuya crudeza regalada por la historia no pide ser deseada, sino que nos viene concedida como un don por derecho propio. Cuando el pintor decide convertir su estudio y su casa en una dependencia situada entre pinos y amaneceres en la costa azul francesa, su pintura, sus cerámicas se tornan más felices, y sus campos simbólicos se pueblan de faunos, ninfas, sátiros que miran sonrientes a los viejos cuentos que los marinos de siglos antiguos contaban al regreso de sus viajes por las islas clásicas.

-“El papel de la pintura – dice Picasso -, para mí, no es pintar el movimiento, poner la realidad en movimiento. Su papel, para mí, es más bien detener el movimiento.
Hay que ir más lejos que el movimiento para detener la imagen.
Si no, se corre detrás de ella.
Tan sólo en ese momento, para mí, está la realidad”
.

[Hélène Parmelin. Habla Picasso. Barcelona: Gustavo Gili, 1968, p. 37]

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Picasso conoció a su futura esposa Jacqueline Roque Hutin en 1952, en la tienda de la alfarería Madoura, donde ella estaba empleada, y empezó a retratarla en 1954. En el otoño de ese año, para escapar de la atmósfera pueblerina de Vallauris, se mudaron a su estudio parisiense de la Rue des Grands Augustins. En la primera quincena de octubre, Picasso comenzó una serie de alegres retratos de su nueva musa, entre ellos éste Jacqueline sentada.

La colocación de la figura de Jacqueline delante de tres franjas de color —rojo para el suelo, amarillo para el espacio de atrás y azul para el cielo— hace pensar en un escenario al aire libre bajo el sol del Mediterráneo, aunque el cuadro se pintó en París. Al mismo tiempo, Picasso se acordaba sin duda de su amigo Matisse, ya cercano a la muerte, que solía situar las figuras femeninas de sus pinturas sobre grandes manchas de color plano.

Cada vez que Picasso forjaba la imagen de una nueva mujer en su vida, seleccionaba aquellos rasgos que para él transmitían a la vez su aspecto físico y su temperamento. Aquí empezó por la cabeza, que, según revela lo que se ve de la pintura subyacente, colocó primero centrada y mirando en la dirección contraria. La cara fría y serena de la versión final, que refleja el papel de apoyo que desempeñaba Jacqueline en la relación, combina vistas de perfil y de frente, subrayando los grandes ojos oscuros y la nariz recta. La abundante cabellera parece estar recogida en la nuca; la curva azul de la derecha también podría representar un moño. En contraste con pinturas tardías y explícitas de Jacqueline desnuda, en ésta su cuerpo compacto se traduce en una forma rectangular casi plana, en la que el dibujo de rombos del vestido se pliega a la curva única de las rodillas.

Fuente: Texto de Marilyn McCully “Jacqueline sentada”. En Catálogo Museo Picasso Málaga. Colección, 2010, p. 44

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Como se puede comprobar observando con detenimiento este tipo de obras, uno de los esfuerzos esenciales y uno de los logros estéticos más importantes del artista malagueño consistió en demostrar que existían alternativas pictóricas al dictado tradicional de la perspectiva renacentista. Pintar un cuadro no tenía por qué consistir en copiar la realidad.  Simular la profundidad y elaborar efectos de reducción de los objetos fue la fórmula magistral empleada por los maestros renacentistas para engañar al ojo ofreciendo ilusiones visuales.   

El cubismo acabó con esta sólida y comúnmente aceptada   manera de representar el mundo que había determinado el rumbo de cientos de años de historia de la pintura. Para Picasso esquematizar reduciendo al máximo el número de líneas que conforman el objeto representado y geometrizar las formas orgánicas de un modo elemental fueron hallazgos que le abrieron puertas liberadoras.

(PICASSO) “Solo me esfuerzo en poner el máximo de humanidad posible en mis cuadros. Tanto da si esto ofende a algunos idólatras de la efigie humana convencional. Además, no tienen más que mirarse un poco más atentamente en un espejo. ¿Qué es un rostro, en el fondo?... ¿Lo que hay delante?, ¿Dentro?, ¿Detrás?, ¿Y el resto?, ¿A caso no lo ve cada uno a su manera?”

Jaqueline Roque, su última compañera y musa aparece aquí sentada en esta obra realizada en La Californie, en la costa azul francesa. Sobre tres franjas de colores muy vivos, la apacible figura femenina recoge entre sus brazos las piernas flexionadas. Su cuerpo esbozado del mismo modo que la cabeza tiene gran presencia en una composición protagonizada por una doble mirada. 

Es un cuerpo geométrico. A pesar de la simplificación de manos y pies, trazados con una sencillez casi infantil, la postura transmite gran elegancia. Una vez más Picasso adecua la modelo, es decir las proporciones de lo supuestamente real, a lo que desea expresar. Subraya el temperamento, el carácter que sabemos tenía Jaqueline. A la vez expresa serenidad y gozo en el colorido y tensión formal en la manera de resolver el perfil en contraste con la visión frontal de uno de los ojos.