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1927-1933 Modelos, bañistas y mujeres desafiantes

Aunque cercano a la vez que deseado por los círculos surrealistas más ortodoxos, Picasso en los años treinta deambula estéticamente por un fino y refinado hilo expresivo que lo mantiene a salvo de cualquier intento de apropiación filosófica freudiana. Su obra, su posición se resiste a la filosofía como es resistente a ser descrita como una manifestación de posibles campos cognitivos emergentes del sueño o la irracionalidad. Sin embargo, es cierto como se comprueba con esta excelente pieza, que la mujer, como concepto cultural y en su caso como motivo pictórico y escultórico expresa el desafío de una modelo que en su condición de fragmento y en su expresión de reto pudiera poner en peligro la integridad del macho impositor.

Un día pregunté a Pablo por qué se tomaba tantas molestias en incorporar a sus esculturas todos aquellos trozos de desechos, en lugar de moldear, o tallar en cualquier material directamente, como por ejemplo en la misma escayola. -Existe una buena razón para hacerlo así – explicó – El propio material, la forma y textura de esas piezas, casi siempre me proporcionan la llave de toda la escultura. […] No es que precisamente yo necesite disponer de piezas ya hechas, no, pero logro la realidad a través del empleo de la metáfora. Mis esculturas son metáforas plásticas.

[Picasso, en conversación con Françoise Gilot, 1951]
Françoise Gilot y Carlton Lake. Vida con Picasso. Barcelona: Bruguera, 1965, pp. 299-300


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La iconografía de la Cabeza con casco tiene su origen en el proyecto de ilustración de Lisístrata, un texto de Aristófanes que en 1934 había traducido al inglés Gilbert Seldes para el Limited Editions Club. Esta comedia griega, representada en el siglo V a. C., cuenta la determinación adoptada por Lisístrata, quien, para poner fin a la guerra del Peloponeso, convence a las mujeres de que rechacen a sus maridos. Para ilustrar esa nueva traducción, Picasso realiza, entre diciembre de 1933 y febrero de 1934, una serie de dibujos que representan a la heroína y a los guerreros con una precisión ingresca y en un estilo próximo al de sus aguafuertes para Les Métamorphoses de Ovidio (1931). Su interés por la figura del guerrero griego se ve subrayado, sin duda, por la atención que le dedica Christian Zervos en sus publicaciones arqueológicas, especialmente en el primer volumen de L’Art grec (París, Éditions des Cahiers d’Art, 1933), que contiene varias reproducciones de una estatuilla de guerrero en bronce perteneciente al arte lacedemonio del siglo vii a. C.

Aunque la excesiva deformación de la nariz, los salientes ojos no alineados y la boca que ríe prologan las grandes cabezas esculpidas de Marie-Thérèse, la ironía que se desprende de esta Cabeza con casco rompe con la pureza de los dibujos de línea e ilustra probablemente la frustración sexual del guerrero obligado a plegarse a la voluntad de las mujeres e instaurar la paz. La escultura original combina las técnicas del modelado en yeso, del assemblage y de la impresión de marcas. En los elementos moldeados, el artista incorpora e imprime, sobre el yeso fresco, algunos objetos que ha encontrado en las proximidades del taller. Los ojos están moldeados con pelotas de tenis, mientras un rodillo de pernos constituye el penacho, sobre el que está impreso el trenzado de un alambre de corral. La desproporcionada y voluminosa cabeza, montada sobre un cuello largo y estirado, contiene clavos, una estructura metálica y una palanca, y se apoya en una armadura de madera y alambre. Uno de los lados del cuello vibra con la huella de un cartón ondulado. Un juego de materiales y texturas que da complejidad a la única prueba en bronce, fundida en 1943 por Émile Robecchi: el deliberado contraste entre las partes modeladas, las impresas y los diversos objetos añadidos convierte a la Cabeza con casco en una de las primeras y más ricas obras combinatorias del repertorio escultórico de Picasso.

Fuente: Texto de Cécile Godefroy “Cabeza con casco”. En Catálogo Pablo Picasso. Nueva colección 2017-2020, pp. 202-203