Main content

1934-1939 Miradas implacables

No hay duda que el retrato constituye uno de los pilares esenciales si se quiere estudiar el conjunto de una obra construida a lo largo de ocho décadas. Desde los intentos académicos que nos remiten a la intimidad del hogar de un niño pintor hasta los duros retratos de imaginarios caballeros de aventuras, espadachines y heroínas despechadas. En esta rica concatenación de pintar a la otra para convertirla en una figura más del panteón de retratos que solo pertenecen al autor, aparece con fuerza el grupo de pinturas y grabados realizado a finales de los años treinta e inicios de los cuarenta del siglo pasado. Algunas con implacables por la dureza y la energía que las convierte en testimonios visuales grotescos de un mundo personal en el que la violencia o la impotencia son protagonistas de excepción. 

“Esta mujer con un ojo, o tres ojos, ¿es una manifestación del cubismo? le pregunté a Picasso.

Para nada respondió—. Este doble perfil, que así es como se llama, representa únicamente que siempre tengo los ojos abiertos. Todo pintor debería tenerlos siempre abiertos. ¿Y cómo se llega a ver con veracidad, uno o dos ojos? Es simplemente la cara de mi querida, Dora Maar, cuando la beso”.

[Julien Levy. Memoir of an Art Gallery, 1977]


Leer más

Retratos de D.M.

Desde que en 1936, a partir de su estancia en Mougins, Picasso comenzó a hacer retratos de Dora Maar, el rostro de la joven se convirtió cada vez en una obsesión ligada a sus invenciones y reconstrucciones de la cabeza humana. Entre las primeras versiones figuran muchos retratos que parecen vivos, estudios exactos de la primera impresión directa de sus rasgos. Al tratar su aspecto con gran ternura y combinar a menudo sus rasgos con fantasías poéticas, Picasso exploró cada línea y cada superficie, observando la expresión y la gesticulación de la muchacha […]

Desde la revolución que tuvo lugar a partir de Les Demoiselles d’Avignon, para Picasso el motivo se convirtió en víctima de su deseo de destruir las apariencias. Más que el motivo, es la imagen la que se vuelve suprema. Los cubistas destruyeron las formas de objetos tales como guitarras, botellas e incluso el cuerpo humano cuando las dispusieron en naturalezas muertas o en composiciones de figuras, pero ninguno fue tan audaz como Picasso en la demolición de la cabeza humana. […] No limitó este proceso destructivo sólo a sus amigos de sexo masculino. El rostro de su amiga más querida e íntima era adecuado para someterlo a la misma violencia […]

Picasso utiliza los rasgos de un rostro como materia prima. Los conoce íntimamente gracias a una prolongada observación y a apuntes frecuentes tomados del natural y a partir de una imagen mental igualmente visible.

[Roland Penrose. Picasso: su vida y su obra. Barcelona: Argos Vergara, 1981, p. 297]