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1970-1972 El niño sabio

Los caballeros y los niños de las últimas pinturas de Picasso parecen haber salido de las páginas de antiguos romances y cuentos de hadas. Trabaja con una libertad sin precedentes, simulando los patrones decorativos de los textiles y la falta de artisticidad de los dibujos infantiles. Sin embargo, el complejo entrelazado de las formas revela la experiencia de ocho décadas creando arte.

“Años más tarde, al visitar una exposición de dibujos infantiles comentó: ‘Cuando tenía su edad podía dibujar como Rafael, pero he invertido toda la vida en aprender a dibujar como ellos’”.

[Roland Penrose. Picasso: His Life and Work, 1958]

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Mosquetero con espada se presentó en la última exposición autorizada por Picasso, celebrada en el Palais des Papes de Aviñón. Como comisario de la muestra, se encargó de seleccionar los dos centenares de piezas, que limitó tan solo a la producción del período 1970-1972. Picasso murió en abril de 1973 y en mayo de ese año se inauguró la exposición, en la que vemos a un artista que se mueve en unos márgenes de libertad —compositiva, cromática, temática— quizás como en ningún otro momento de su carrera artística. Fue esta misma libertad la que desconcertaría a algunos de sus críticos ante esa producción postrera.

Mosquetero con espada data del 28 de enero de 1972, un mes en el que Picasso realizaría diversos mosqueteros, en caligrafías pictóricas diferentes y blandiendo espadas. En todos y cada uno de ellos parece haber cierta pulsión autobiográfica que los emparenta, a través de un rasgo que acostumbra a destacar, incluso en las obras más abarrocadas como esta, los ojos. En esta obra resultan el punctum inequívoco e incluso contienen la mayor acumulación de color negro, mientras el resto de la composición se resuelve en una combinación de trazos largos, cortos y puntos de notable colorido. Habitualmente, estos personajes se han relacionado con Rembrandt, referente de Picasso en los últimos tiempos, y del que admiraba su pasmosa frontalidad ante la muerte. Según Jacqueline, Picasso había empezado a “estudiar a Rembrandt durante su enfermedad”, pero no resulta tan simple, pues unas resonancias se confunden con otras, dado que las influencias sobre la obra picassiana son siempre multidireccionales. En realidad, en este retrato se amalgaman diferentes iconografías, desde la España del Siglo de Oro hasta los coetáneos toreros antiguos del xix, que se solapan con los mosqueteros, de forma que los pinceles son sustituidos por dagas o espadas, como en esta tela. Una plausible clave de interpretación de obras como esta se halla en los propios textos del artista, donde evoca hiperbólicamente imágenes de la España canalla del siglo xvii, de hidalgos y fulanas, correlato literario —a menudo surrealista— de los personajes de las aguatintas de La Celestina. Rafael Alberti advierte, lúcidamente, que los óleos de Aviñón “son personajes del Museo del Prado, del fantasmagórico Toledo de su primera juventud”. Ese Picasso curador, no por casualidad, escogió básicamente retratos. Retratos de personajes estrafalarios ataviados con chambergos, jubones, espadas o pipas que habitaban desde su juventud en su cosmos personal. Ellos serían los protagonistas de su grotesca parada póstuma en el palacio papal, donde se entrelazaban literatura, historia del arte y autobiografía por partes iguales.

Fuente: Texto de Eduard Vallès “Mosquetero con espada”. En Catálogo Pablo Picasso. Nueva colección 2017-2020, pp. 426-427

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A partir de 1965, la serie de los mosqueteros es una de las más importantes realizadas por el artista en sus últimos años de vida. Por entonces Picasso se interesa especialmente por la obra del pintor holandés Rembrandt, por la poesía de Shakespeare o por las novelas de aventuras francesas. Pero   como acertadamente indica el poeta Rafael Alberti de su amigo, estos espadachines y sus cómplices son antes que nada personajes españoles.  Dan cuenta del interés que profesaba por el siglo de oro español y el respeto que tenía por los maestros pintores Diego Velazquez o El Greco que en su juventud descubrió en El Prado madrileño. El siglo de oro que preside esta sala, es la época clásica de apogeo de la cultura española. Duró esencialmente desde el Renacimiento del siglo XVI hasta el Barroco del siglo XVII y coincide con el auge político y posterior declive de la dinastía monárquica de los Habsburgo españoles.

Casi a modo de póstumo manifiesto artístico los números cuadros pintados cuando llego a los noventa años de edad, conforman un grupo de extraños y grotescos caballeros espadachines y de toreros goyescos. Están ataviados por el maestro pintor de ropas arrugadas a la vez que expresivas, de exuberante y sorprendentes coloridos. Son   vestidos trazados con la prisa higiénica del maestro sabio y con la furiosa intuición del pincel experto. Con su habitual elegancia y determinante destreza el artista combina irónicamente en ellos el desparpajo de lo vulgar con lo cómico de lo ridículo. Provocan la risa, el estupor o hasta quizás el rechazo, la pena o el llanto.

Mosquetero con espada formó parte de la legendaria exposición celebrada en la capilla del Palacio de los Papas de Avignon de 1973.El sorprendente conjunto de más de doscientos cuadros pintados en los postreros años de su vida dieron cuenta pública del último apasionante episodio creativo de un artista inconformista y libre que vivió aferrado a los misterios y los retos de la innovación hasta el último minuto. Quien pintó este cuadro había cumplido más de noventa años y por fin, tras toda una vida dedicada al arte, demuestra saber pintar con la envidiable y inesperada soltura de un niño.

(PICASSO) “Quien se preocupa del juicio de la posteridad no puede ser libre. La posteridad es una hipótesis. El artista no trabaja sobre hipótesis. Trabaja sobre el Aquí y sobre el Hoy”.

Durante algún tiempo tras la exposición de Avignon en la que se incluyeron algunos de los cuadros de esta sala, la obra tardía de Picasso suscitó críticas adversas. Sin embargo, son numerosos artistas los que hoy celebran esta pintura por lo que tiene de desafío para el espectador y la reivindican como un referente por su seductora tosquedad o su descarada valentía formal. El propio Picasso siempre curioso por lo nuevo en su obra dirá:

(PICASSO) “Mis cuadros antiguos ya no me interesa… siento mucha más curiosidad por los que aún no he hecho”.