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Linearismo, 1920

Aleksandr Rodchenko (1891-1956)

Óleo sobre lienzo 
102.5 x 69.7 cm 
MOMus-Museum of Modern Art-Costakis Collection, Tesalónica 
© MOMus-Museum of Modern Art 

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Sobre un fondo negro, una serie de líneas y círculos bastan para ofrecer sensación de movimiento en el espacio. Aleksandr Rodchenko lo consigue disminuyendo progresivamente el tamaño de los círculos y situándolos sobre las líneas, que evocan así ejes de desplazamiento. En su investigación plástica, el artista definía la línea de la siguiente manera: 

 

La línea es lo primero y lo último, tanto en la pintura como en cualquier construcción. La línea es sendero de paso, movimiento, colisión, borde, accesorio, juntar, dividir. En consecuencia, lo ha conquistado todo y ha destruido los últimos baluartes de la pintura: el color, el tono, la textura y la superficie. 

 

Rodchenko partió de las experiencias geométricas del cubismo para desarrollar esta teoría y depurar la forma. En muchas de sus obras, el artista aplicaba además medios de producción mecánicos, ya que estos permitían alcanzar la no objetividad. Esta idea es una de las bases del Constructivismo: en la nueva sociedad soviética, surgida tras la Revolución, era imprescindible socializar el arte, crear obras capaces de atender a las necesidades materiales y emocionales de la sociedad en su conjunto. Para ello, se proponía el empleo de máquinas y elementos industriales para la producción y difusión de objetos artísticos, con el fin de que alcanzaran la vida de todos los ciudadanos. Así se explica en el Manifiesto del Realismo: 

 

Hoy proclamamos ante todos vosotros nuestra fe. En las plazas y en las calles exponemos nuestras obras, convencidos de que el arte no debe seguir siendo un santuario para el ocioso, una consolidación para el desesperado ni una justificación para el perezoso. El arte debería asistirnos allí donde la vida transcurre y actúa: en el taller, en la mesa, en el trabajo en el descanso, en el juego, en los días laborables y en las vacaciones, en casa y en la calle, de modo que la llama de la vida no se extinga en la humanidad.