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Maqueta para una plaza, c. 1931–32

Alberto Giacometti (1901-1966)

Madera 
19.4 x 31.4 x 22.5 cm 
Colección Peggy Guggenheim, Venecia. Fundación Solomon R. Guggenheim, Nueva York 
© Peggy Guggenheim Collection, Venice, Solomon R. Guggenheim Foundation 
© Succession Alberto Giacometti (Fondation Alberto et Annette Giacometti, París 
 

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Objetos desagradables con alusiones al placer y el dolor. Objetos funcionales como un cenicero como una bandeja de bolsillo que no puede contener nada. La idea de hacer una plaza que nunca llegaremos a pisar. Esta plaza imposible, construida sobre un tablero con formas geométricas llenas y vacías, salientes, cavadas y zigzagueantes, es una de las esculturas fundamentales para entender como era el universo creativo de Alberto Giacometti. La obra no dice claramente nada, no garantiza que allí pueda tenga lugar alguna acción concreta. Su falta de sentido es lo que justifica su razón de ser. Giacometti, un alma profundamente libre, fue calificado oficialmente el escultor del grupo surrealista. 

 

Este movimiento, surgido en el París de los años 20, reivindica el sueño y la escritura automática como una de las vías fundamentales de la liberación de la psique. André Breton, en el Manifiesto del Surrealismo, lo definía con estas palabras: 

 

Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral. 

 

Desde sus inicios Giacometti cuestionó la naturaleza misma de la escultura como vehículo de historias comprensibles a primera vista, planteando interrogantes sobre sus límites y su especificidad. A principio de 1927 analiza sus propias creaciones sin ninguna complacencia afirmando que ciertamente una escultura abstracta no puede ser un fin en sí misma y hay que avanzar más, pero con mucha prudencia. Insiste sobre su convencimiento de que el objeto de la escultura es representar la vida, ser ella misma, y no representar la vida a través de cualquier otra cosa.