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6. Mujeres, musas y máscaras

Tradicionalmente el retrato reflejaba la apariencia y la personalidad del retratado objetivamente. Picasso lo reinventa desde la subjetividad, incluyendo tanto los rasgos físicos como los sentimientos que la modelo le inspira, transformándose acorde con sus emociones. La asimetría del rostro subraya la importancia de la máscara como representación primitiva del ser humano.

“Un artista no está libre aunque a veces lo parezca. Sucedió lo mismo con los retratos que hice de Dora Maar. Jamás pude hacerle uno riendo. Porque para mí ella es la mujer que siempre llora. Durante años la pinté en formas torturadas, no mediante una influencia sádica ni tampoco con placer; simplemente obedecí a una visión que se me impuso por sí sola. Era la profunda y no superficial realidad”.
Françoise Gilot. Vida con Picasso, 1965, p. 118

Busto de mujer con los brazos cruzados detrás de la cabeza

Royan, 7 noviembre 1939| Óleo sobre lienzo, 81 x 65 cm
Museo Picasso Málaga. Donación de Christine Ruiz-Picasso
© Museo Picasso Málaga © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2017

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El inminente inicio de la Segunda Guerra Mundial llevó a Picasso a abandonar París y trasladarse a Royan. Junto a su amante, Dora Maar, Jaume Sabartés y la esposa de este, se instaló en esta pequeña localidad de la costa atlántica francesa a principios de septiembre de 1939, poco antes del inicio de la guerra; si bien permanecerían allí hasta agosto de 1940, Picasso realizaría diversos viajes a París. De manera clandestina, en la misma localidad también vivían Marie-Thérèse Walter y su hija Maya, a quienes el artista también alejó de París.

A la inestabilidad internacional se sumaba entonces la complicada situación personal de Picasso, compartiendo espacio con su nueva amante, su examante y su hija. Este retrato inspirado en la fisionomía de Dora Maar fue realizado tan solo dos meses después de la llegada a Royan y responde a un proceso de largo recorrido, visible a partir de cuatro estudios preparatorios que Picasso ejecutó en un carnet, entre los días 3 y 9 de noviembre. La estructura vertical, con el rostro mirando hacia arriba, de forma que la nariz se sitúa en lo más alto, ya se había manifestado en obras anteriores, pero sin llegar al sintetismo de este óleo, que supera incluso la línea vibrátil tanto de los pre-scritpum como de los post-scritpum de esta obra.

En este retrato ya han desaparecido los elementos definitorios de Dora, como son las cejas y las uñas; tan solo se mantiene el pelo corto engominado y, sobre todo, el singular movimiento anárquico de sus brazos. En este caso, los brazos cruzados detrás de la cabeza, lejos de mostrar reposo, evocan el estado de alteración que, según diversos testimonios, presentaba de forma habitual la retratada. Entre estos testimonios se cuenta el de Brassaï, quien llegaría a afirmar que Dora era “proclive a borrascas y estallidos”. Picasso no obviaría dicho rasgo de su carácter, sino que lo llevaría al extremo en los retratos de su pareja que caracterizarían el período 1939-1940. A pesar de hallarse en período de guerra, Picasso raramente mostrará la violencia explícitamente; lo hará, en cambio, a partir de las deformaciones del rostro de su modelo.

Los retratos distorsionados que ejecuta en Royan a base de una estudiada aleatoriedad no tendrán como modelo exclusivo a Dora, sino también a su secretario Sabartés y a la madre de Marie-Thérèse Walter, que también se desplazaría a dicha localidad por esas fechas. Sin embargo, ninguno de ellos transmitiría el grado de violencia y turbación de los retratos de Dora, que sin duda alguna constituyen uno de los momentos álgidos de la carrera artística de Picasso.

Texto: Eduard Vallés