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2. El retrato como espejo

El viaje de Picasso a Gósol en 1906 marcó un punto de inflexión en su carrera. Es el final de la temática circense y el inicio de una revisión conceptual y estilística de su obra, incorporando influencias del arte arcaico y de otras culturas no-europeas que le lleva a pintar Las Señoritas de Aviñón en 1907.

“El cuadro no está pensado ni fijado de antemano; mientras se le pinta sigue la movilidad del pensamiento. Una vez acabado, vuelve a cambiar según el estado del que le mira. Un cuadro vive su vida como un ser viviente y sufre los cambios que la vida cotidiana nos impone. Ello es natural puesto que un cuadro sólo vive por aquél que le mira”.
Christian Zervos. “Declaraciones de Picasso” en Gaceta de arte, marzo 1936, pp. 10-11

Cabeza de mujer

París, invierno 1907 | Óleo sobre madera, 25,6 x 16,5 cm
Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso para el Arte. Préstamo temporal en el Museo Picasso Málaga
© FABA Foto: Eric Baudouin © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2017

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Según Pierre Daix, Picasso le dijo a David Douglas Duncan que había ejecutado esta pintura al óleo sobre madera en el invierno de 1906-1907, solo meses antes de poner punto final a su trabajo en Las señoritas de Aviñón, su manifiesto más importante de aquellas fechas, hacia el cual había orientado la mayor parte de sus energías. Si bien el esquema cromático de la figura es el que corresponde a la llamada “época rosa” del año anterior, reducido a variaciones menores sobre el rosa, el beis y el ocre, el rostro presenta los rasgos íberos a modo de máscara que caracterizarían a la mitad de las demoiselles. Desde el Retrato de Gertrude Stein de 1905-1906, la máscara emerge en el arte de Picasso como un recurso de valor primordial, que insinúa no solo una personalidad oscurecida, sino también la posibilidad de desenmascarar y alterar. Efectivamente, Cabeza de mujer ofrece un semblante humano cuya identidad, a pesar del título, está lejos de ser estable. Esta cabeza comparte ciertos rasgos fundamentales con un famoso autorretrato de Picasso de fecha ligeramente posterior dentro de ese año 1907 (Autorretrato, Národní Galerie, Praga): la nariz simultáneamente frontal y de perfil, los ojos “íberos”, almendrados bajo cejas arqueadas como paréntesis, una oreja pegada a un lado de la cabeza para indicar un perfil de tres cuartos, y el flequillo, que delimita una frente triangular. A esos rasgos esquemáticos, comunes a retratos masculinos y femeninos, Picasso ha añadido a Cabeza de mujer la curva de una cola de caballo que parte del ángulo superior derecho, un solitario indicador de género que no deja de ser ambiguo.

En este momento a Picasso le preocupan ciertos interrogantes que en los años siguientes le conducirán hasta el cubismo: ¿cuál es el mínimo de información pictórica necesario para construir una representación “lograda”? ¿Cuántas ambigüedades puede soportar una representación sin desintegrarse? La posición de la cabeza es inestable, sometida a indicaciones contrarias de perfil, perfil de tres cuartos y vista frontal. El tamaño de uno y otro ojo viene a ser coincidente, lo bastante para denotar que la figura mira de frente al espectador, y sin embargo la inclinación discrepante del ojo derecho apunta a una incompatible rotación descendente de la cabeza. Más aún, la línea única que construye una nariz a la vez frontal y de perfil se prolonga sin interrupción en la ceja derecha, conforme a un truco que Picasso tomó de Manet para esquematizar el rostro. La boca es una sola línea curva que dibuja una plácida sonrisa con la más ajustada economía de medios. Si en este momento los rostros empiezan a parecer máscaras en la pintura de Picasso, es como una manera de unir la simplificación de la fisonomía a una crítica radical de la estabilidad en la personalidad, la coherencia en el estilo y el naturalismo en la representación.

Texto: Trevor Stark